El Nuevo Dia October 30, 2011

Se me metió una abeja en el café la mañana en que debía entrevistar a uno de los artistas contemporáneos más relevantes del momento: el estadounidense David LaChapelle. Llegó a la Isla con motivo de su recién inaugarada exhibición “NosOtros: La humanidad al borde”, que reúne 50 obras en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) en Santurce.

Esa misma mañana supe que LaChapelle cría abejas en la casa donde vive en Maui, Hawaii. Tienen gracia las casualidades, para quien busca señales.

A la primera cita, no llegó. El aura de “rock star” comenzó a crecer. “Está cansado”. “Llegó enfermo”. “A él no le gusta ser protagonista, es un tipo muy sencillo”. Más ausencia. Más misterio.

Dos días después nos recibió en la villa del hotel donde se hospedaba en Río Grande. Se percibe sereno, como si se le paseara el alma por el cuerpo.

“Cuando vivía en Nueva York, en invierno, venía mucho a Puerto Rico. Compraba un pasaje y a las tres de la tarde estaba bañándome desnudo en el Yunque”, cuenta.

Desde los 6 años visita nuestras playas, y aquí nació su pasión por la fotografía cuando, en medio de unas vacaciones, su madre le regaló su primera cámara.

Quiere piña colada, pero no hay. “Pueden hacerla en la barra”, insiste con el mismo tono meloso con el que asegura que nunca ha querido ser una celebridad. Son sutiles sus contradicciones. Coquetas.

Es difícil mantener el anonimato. Es un artista consagrado y es el fotógrafo que ha documentando, con su lente y sus irreverentes conceptos, a las estrellas más cotizadas del “mainstream” norteamericano.

Decir LaChapelle para muchos es hablar de imágenes grotescas, glamorosas o kistch.

“La gente tiene derecho a tener sus opiniones. Yo trabajo con lo visual, las palabras son palabras y desaparecen. La fotografía tiene más impacto. Siempre dudo de quien me quiere demasiado o me odia demasiado”, dice. “Kistch es una palabra que mucha gente usa cuando no entiende bien lo que está observando”.

Por Ana Teresa Toro

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